Era 16 de junio. Mientras se terminaba de retocar la pintura azul de los ojos, sentada delante del espejo del tocador, Vera recordaba como Víctor le había pedido ir al baile de fin de curso. Había sido su amor secreto desde los ocho años y ese año, el último del instituto, por fin se había visto cumplido su sueño. Víctor era uno de los chicos más atractivos del barrio y unía, a ese atractivo, un algo especial que enganchaba tanto a hombres como a mujeres. Era inteligente, guapo y simpático, en cambio, ella era más bien normalita. Una de esas chicas que no destacan del resto.
Durante estos años había salido con otros chicos pero en el fondo, siempre le había estado esperando a él.
-Vera, ¿quieres venir conmigo al baile de fin de curso?
Las palabras se le quedaron enredadas entre el corazón y la boca y no pudo decir nada, sólo asentir con la cabeza.
-Paso a buscarte a las nueve. No te entretengas.
Desde ese momento, Vera solo vivía para ese día.
Vera miró por centésima vez el reloj aquella noche. Pasaban de las doce.
Muy despacio, y con acostumbrados movimientos, empezó su ritual; se soltó el cabello gris que llevaba recogido en un anticuado moño, con un algodón se retiró el maquillaje dejando a la vista una piel ajada y unas profundas arrugas alrededor de los ojos y se quitó el vestido de fiesta y lo dejó sobre la cama. Con ojos tristes, su mirada acarició el tul amarillento de los volantes, el raso deslucido del cuerpo y los pequeños cristales que colgaban de los hilos medio deshilachados de las mangas.
Vera se puso la bata sobre la combinación con can can, anticuada y demasiado apretada, y se dirigió a la cocina. Abrió la nevera y saco la botella de leche.
-Víctor, cariño. Ven a tomar tu leche.
Por la puerta, con movimientos perezosos, apareció un gran gato gris maullando con timbre aburrido.
Vera, tras poner un poco de leche en un cuenco y acercárselo al gato, se sentó en una silla y apoyo un codo sobre el mantel de flores que cubría la mesa de la cocina.
-Ya ha pasado otro 16 de junio y, como todos los años, al final nadie viene a buscarme para ir al baile. Menos mal que te tengo a ti. ¿Vedad, querido Víctor?
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