Él
selló los labios de ella con un beso. En ese beso puso todo su sentimiento, su
pasión, su ser, su alma, su cuerpo. Cuando despegaron sus bocas, ella le miraba
con sus grandes ojos azules, algo bizcos por cierto. – Perdone –dijo ella –.
Creo que se ha confundido. Yo solo quería saber la hora.
lunes, 31 de octubre de 2016
domingo, 30 de octubre de 2016
El caballero blanco
Marchaba un caballero
por el campo
del honor,
un campo de grandes cuadros.
Blancos y negros. ¡Sí, señor!
Delante del rey negro
de rodillas se postró,
y en nombre del rey blanco
de la princesa, para él, la mano pidió.
un campo de grandes cuadros.
Blancos y negros. ¡Sí, señor!
Delante del rey negro
de rodillas se postró,
y en nombre del rey blanco
de la princesa, para él, la mano pidió.
Altanero el
rey dispuso,
que su hija valía más,
y echando al caballero,
la guerra declaró.
Cuando el rey blanco se enteró,
comentó enojado
-¡Qué se ha creído! -estaba irritado.
-¡A mí me ofendió!
Formados los ejércitos estaban.
Los caballeros, los soldados y escuderos
fuertemente se armaban
y ultimaban sus deseos.
Rugían las armaduras
ante la espera.
Llegaban horas muy duras,
y por desgracia de guerra.
El campo blanco empezó el ataque,
con sutileza un peón movió.
Su gran ilusión era dar jaque,
pero el negro con vehemencia respondió.
Cada pieza fue movida
con tacto y delicadeza,
pero poco a poco se convertía
en una batalla de gran crudeza.
El rey negro que era muy pillo,
en el castillo se enrocó.
"¡Y sí perdía la guerra! ¡qué descaro!",
se ofendió.
Un grito en el campo se escuchó:
"Enroque, enroque. ¡Qué cara!
Tras la torre se escondió,
¡Pues le vamos a dar caña!"
Osado y muy valiente,
el caballero, el castillo alcanzó
y luchando con uñas y dientes,
el gran estandarte arrancó.
-Declárate vencido, en jaque.
Con fuerza gritó.
-No tienes ya escape.
Con emoción susurró.
El rey, viéndose vencido,
a sus pies se arrojó.
-Clemencia, valiente amigo.
Llorando se arrodilló.
Saltando del gran tablero,
mi caballero llegó
al lado de la princesa,
y en brazos la cogió.
Cuando juntos se sintieron,
en ellos el amor creció,
en un abrazo se unieron
y una historia de amor, aquí empezó.
que su hija valía más,
y echando al caballero,
la guerra declaró.
Cuando el rey blanco se enteró,
comentó enojado
-¡Qué se ha creído! -estaba irritado.
-¡A mí me ofendió!
Formados los ejércitos estaban.
Los caballeros, los soldados y escuderos
fuertemente se armaban
y ultimaban sus deseos.
Rugían las armaduras
ante la espera.
Llegaban horas muy duras,
y por desgracia de guerra.
El campo blanco empezó el ataque,
con sutileza un peón movió.
Su gran ilusión era dar jaque,
pero el negro con vehemencia respondió.
Cada pieza fue movida
con tacto y delicadeza,
pero poco a poco se convertía
en una batalla de gran crudeza.
El rey negro que era muy pillo,
en el castillo se enrocó.
"¡Y sí perdía la guerra! ¡qué descaro!",
se ofendió.
Un grito en el campo se escuchó:
"Enroque, enroque. ¡Qué cara!
Tras la torre se escondió,
¡Pues le vamos a dar caña!"
Osado y muy valiente,
el caballero, el castillo alcanzó
y luchando con uñas y dientes,
el gran estandarte arrancó.
-Declárate vencido, en jaque.
Con fuerza gritó.
-No tienes ya escape.
Con emoción susurró.
El rey, viéndose vencido,
a sus pies se arrojó.
-Clemencia, valiente amigo.
Llorando se arrodilló.
Saltando del gran tablero,
mi caballero llegó
al lado de la princesa,
y en brazos la cogió.
Cuando juntos se sintieron,
en ellos el amor creció,
en un abrazo se unieron
y una historia de amor, aquí empezó.
El fin de ese día de verano
Oía latir mi corazón, los corazones de todos.
Oía los ruidos humanos que allí hacíamos. Nadie osaba
moverse, ni cuando nos quedábamos a oscuras.
Oía los ruidos humanos que allí hacíamos, agazapados bajo la
colcha de remiendos de colores, alumbrándonos con una linterna y, a la vez,
escondiendo entre las sombras nuestras risas de niños.
Nuestros juegos, nuestra
vitalidad y nuestro exaltado insomnio infantil, movían la masa deforme de tela
de un lado a otro.
Poco a poco, el sopor cerraba nuestros ojos y, acurrucados
unos contra otros, caíamos en el profundo sueño. Cuando se silenciaba nuestro
escondite, mamá entraba en el cuarto y buscaba la linterna entre los pliegues
multicolores. Al apagarla, el “clic” marcaba el fin de ese día de verano.
Sonidos de deseos
Los crujidos oxidados de una cama rompen el silencio de la noche.
–¿Oyes, querida?
Parece que hay nuevos inquilinos en la casa de al lado. Ya era hora de que
hubiera sangre nueva en el vecindario y, además, parece joven.
–Deja de
remolonear como haces desde hace más de un siglo, envuélvete en tu capa y
cuélgate de la viga del techo. Mañana pasaremos a darles la bienvenida.
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