Cuando el coche enfiló el camino
de salida de la finca, ni siquiera echó una mirada atrás; si lo hubiera hecho,
quizás me hubiera visto en el balcón de la torre norte, como aquella primera
vez hace muchos años, y también habría visto como una furtiva lágrima,
reprimida rápidamente con el dorso de mi transparente mano, recorría mi níveo
rostro.
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