Oía latir mi corazón, los corazones de todos.
Oía los ruidos humanos que allí hacíamos. Nadie osaba
moverse, ni cuando nos quedábamos a oscuras.
Oía los ruidos humanos que allí hacíamos, agazapados bajo la
colcha de remiendos de colores, alumbrándonos con una linterna y, a la vez,
escondiendo entre las sombras nuestras risas de niños.
Nuestros juegos, nuestra
vitalidad y nuestro exaltado insomnio infantil, movían la masa deforme de tela
de un lado a otro.
Poco a poco, el sopor cerraba nuestros ojos y, acurrucados
unos contra otros, caíamos en el profundo sueño. Cuando se silenciaba nuestro
escondite, mamá entraba en el cuarto y buscaba la linterna entre los pliegues
multicolores. Al apagarla, el “clic” marcaba el fin de ese día de verano.
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