domingo, 30 de octubre de 2016

El fin de ese día de verano


Oía latir mi corazón, los corazones de todos.
Oía los ruidos humanos que allí hacíamos. Nadie osaba moverse, ni cuando nos quedábamos a oscuras.

Oía los ruidos humanos que allí hacíamos, agazapados bajo la colcha de remiendos de colores, alumbrándonos con una linterna y, a la vez, escondiendo entre las sombras nuestras risas de niños. 

Nuestros juegos, nuestra vitalidad y nuestro exaltado insomnio infantil, movían la masa deforme de tela de un lado a otro. 

Poco a poco, el sopor cerraba nuestros ojos y, acurrucados unos contra otros, caíamos en el profundo sueño. Cuando se silenciaba nuestro escondite, mamá entraba en el cuarto y buscaba la linterna entre los pliegues multicolores. Al apagarla, el “clic” marcaba el fin de ese día de verano.

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